INFANCIA Y CONFINAMIENTO

15.04.2020 11:49

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Llevo días leyendo sobre cuan necesario es que los niños y niñas salgan de casa, aunque sea un rato. 

Es absolutamente obvio que sobre todo en la infancia, igual que en personas que salen de la neuronorma, salir, respirar y pasar tiempo bajo la luz del sol es imprescindible para el correcto desarrollo de las personas.
Sin embargo este tema que tan obvio parece a mí me lleva a algunas reflexiones distintas a las que leo en unas redes y otras. No soy experta ni especialista por lo que sólo es mi percepción tras la información que he ido adquiriendo en mi vida y la experiencia que los niños y niñas de mi vida me han aportado.
 
La primera de las consideraciones que me surgen tiene que ver con que los niños y niñas de mi entorno no han pedido ni una sola vez salir de casa. Llevan más de un mes sin haberse planteado ni por asomo la opción de salir. Cuando salen al balcón y ven a personas en grupo paseando o sin protección o se dan cuenta de que alguien se ha ido con su perro y ha vuelto dos horas después, son ellos y ellas quienes se preguntan por qué no se dan cuenta de que no se puede salir, buscan formas de trasladar el mensaje de que el confinamiento es clave y que lo principal para que estemos todas sanas y salvas es que las personas no sean egoístas. 
 
Me pregunto pues por qué yo debo preocuparme de que mi hijo o mi hija estén frustrados y agobiados en casa por no salir cuando no hay ni una prueba de ello. Al contrario, a la pregunta de si quieren salir su respuesta es “aún no”.
 
Echo la vista atrás y me doy cuenta de que desde el primer día que llegaron a casa aquel jueves 12 de marzo tanto su padre como yo decidimos que desde ese momento la prioridad era cuidar el mundo que nos rodeaba. No nos dimos cuenta hasta ese mismo día de lo cerca que había llegado el bicho, hasta que nos avisaron que había entrado en la clase de mi hija. 
 
Lo primero que hicimos al recibir el email fue salir corriendo a un Bazar enorme que ya nos conocemos bastante y cargarnos con barro, plastilina, goma eva, cartulinas, lupas, pinturas, etc. Habíamos leído sobre los confinamientos en China e Italia, esos lugares que suelen estar tan lejos que sólo en sueños piensa una en poder visitar el coliseo de Roma o la Ciudad Prohibida de Beijing. Sueños de esos que una sabe que en su caso son inalcanzables. Sin embargo, de pronto aquella distancia desapareció. Como si las placas tectónicas se movieran en un instante en lugar de durante millones de años, Pangea estaba de nuevo bajo nuestros pies y el bicho que veíamos sólo en fotos lejanas llamó a nuestra puerta.
 
Cuando volvimos del colegio hablamos con nuestros hijos. Les explicamos lo que sabíamos y lo que pensábamos. Les preguntamos qué sabían ellos. Debatimos. Tomamos la decisión de informarnos cada día para saber cómo avanzaba la enfermedad. Decidimos no tener miedo y si lo teníamos hablar y racionalizar para ello toda la información que nos llegaba. Juntos decidimos que los horarios y las rutinas eran claves para la estabilidad mental y emocional y diseñamos un colegio en casa poniendo esto por delante de cualquier otra actividad. Flexibilizamos el trabajo a las clases y no al revés. 
 
Decidimos engancharnos a algunas series juntos, Cosmos, Ministerio del Tiempo, Story of God... Series que les ayudasen a reflexionar y ampliar su mundo mucho más allá de ninguna pared física. No vemos películas ni series por separado de ellos. Queríamos que se sintieran acompañados. Que estamos juntos en esto y nada ni nadie romperá esa unión. Que somos iguales y que tenemos todos las mismas necesidades y derechos. 
 
Una de las cosas que nos pareció más importante para que el mundo no sea tan pequeño como un espacio entre tabiques fue viajar con nuestra mente. Descubrimos que de ese modo el mundo no crecía sólo en horizontal como una línea aburrida y monótona que avanza en una hoja en blanco, si no que podíamos de pronto ir arriba, abajo, al este, al oeste… y entre cada una de sus líneas había un millón más de líneas que tomar según quisiéramos. 
 
Viajar en el espacio, pero también en el tiempo. La historia del Arte nos permitió por ejemplo no sólo aprender cada día un poquito de un momento y un lugar de la historia, si no experimentar con ello, hacer puntas de lanza del neolítico y dibujar la lucha entre el bien y el mal que el imperio Medo aprendió del Zaratustra Griego. 
 
Pasamos el día estimulados sí, pero también tenemos ratos donde estimulamos y enfrentamos el aburrimiento. Tenemos ratos donde cada cual está solo. No hace falta que se encierre en una habitación, simplemente que esté sola, consigo misma, en si misma. 
 
Aburrirse, reflexionar y hacer introspección son tres de esas claves para ser libres y no dejarse llevar por el agua del río que nos ahoga. Son tres características desaparecidas de la educación de nuestros hijos en nuestras familias. 
 
Si cuando me aburro me ponen por delante millones de estímulos, ¿dónde queda mi capacidad de crear de la nada? No me hace falta. Si no permitimos a los niños y niñas reflexionar estamos criando a una infancia que será una juventud sin capacidad crítica. De hecho, ¿os habéis fijado que la mayor parte de los niños y niñas no contestan una pregunta con lo que ellos creen si no intentando ajustarse lo más posible a dos opciones: a) lo que me han enseñado literalmente, b) lo que el adulto de enfrente quiere escuchar?
 
Es natural y es lógico que en edades tempranas en que los niños y niñas buscan sentirse seguros en su entorno y mimetizarse bien con las personas y lugares con que se relacionan esa sea su rección natural. El problema es cuando sin darnos cuenta somos nosotros los que les decimos “no contestes”, esto es así “y punto”, etc. Cuando le transmitimos que su trabajo es aprender verdades incontestables y manejarse entre los muros de éstas sin más opciones. 
 
Cuantas veces le habéis preguntado a un niño ¿Qué está pasando? ¿Qué piensas de…? Y cuando responden jamás deberíamos empezar con un “NO”. Hay que enseñarles a pensar en argumentos y a debatir para crecer. Empezar con un “yo pienso que” permite dar valor a lo que “piensa” él o ella.
 
En conclusión, no hace falta seguir enumerando ejemplos para que contestemos sinceramente esta pregunta ¿Cuántas veces tratáis a los niños y niñas como personas iguales a vosotras? 
 
Ellos y ellas no están frustrados. Estamos frustrados los “adultos”. Estamos frustrados por qué no nos quedan horas en el día para educar a nuestros hijos con el teletrabajo. Por que esa educación la delegamos totalmente y ahora tenemos a una generación que no sabe que aprender es el último objetivo de estudiar, que no se trata de saber más o mejor por que ya tienen toda la información en redes, si no cultivar el amor por la sabiduría, por su búsqueda, por ser capaces de discernir qué es información y que no en el nuevo mundo de las opiniones y el marketing.
Estamos frustrados por que de repente, no habernos preocupado nunca de que los profesores tuvieran más tiempo libre para innovar, personalizar la enseñanza y manejarse a su manera para que los alumnos que necesitaban más ayuda la hubieran tenido y los que menos hubieran aprendido de otras maneras a ser más autónomos, se nos ha vuelto en contra. Un profesor o una profesora no es la enciclopedia Encarta, es un guía, es alguien que debe alimentar nuestro cerebro y nuestra mente para que ésta se mantenga estimulada y motivada, libre y siempre abierta a aprender, para que ensanche nuestro mundo ya que éste es igual de grande que nuestra mente. Un profesor es un guía que tiene más herramientas de las que vamos a tener nunca como padres por su formación y experiencia para ayudar a nuestros hijos a crecer. Un profesor debería desear al fin de curso haber conseguido un grupo de personas diversas, tolerantes, felices y con ganas de seguir aprendiendo y creciendo por si mismas. No un montón de títulos en una pared para que puedan ser lo antes posible productores (lo mismo me da de coches que de informes en un despacho de abogados).
 
Quizás como padres no habíamos priorizado esto. Quizás como padres llevábamos a los niños al cole para dejarlos confinados en un espacio más o menos seguro las horas suficientes para ir al mundo de los adultos a cambiar pedazos de mi vida por un poco de dinero. 
 
Quizás pensábamos que una niña que sepa las tablas de multiplicar en segundo es mejor que la que pinta un cuadro inspirado en Miró, o que el que tiene la capacidad de comprender como se mueven los electrones es mejor que el que tiene la capacidad de entender lo que sienten sus compañeros. 
 
Quizás ahora el agobio se nos venga de que lo que queremos que hagan nuestros hijos en casa y en el colegio es algo que de ningún modo se puede lograr con una sola norma para todos. Es imposible y así seguirá siendo, que todos nuestros hijos e hijas aprendan lo mismo y de la misma manera y lleguen juntos a la meta. Y, es más, incluso aunque eso sea posible, que NO LO ES, cada niño y cada niña es un mundo, estaríamos creando diferentes batallones en el mundo según dónde viven o que número marca su cuenta corriente, en que tendríamos a los nuestros armados con bombas atómicas y los de otros lugares más desfavorecidos con piedras. 
 
Extraño concepto de justicia enseñamos a nuestros hijos cuando nos indignamos por algo nosotros que hemos visto en la tele o leído en Twitter pero los sometemos a un sistema de pensamiento ceñido a una sola norma que deja fuera a tantas y tantas personas, del país lejano y de la casa de al lado.
 
No soy ingenua, entiendo que los padres y madres estamos en este momento asustados por perder nuestros ingresos. El trabajo/teletrabajo sigue siendo el pilar de la vida familiar y toda gira en torno a su horario, necesidades, etc. Pero esto es un error de base: La vida familiar no gira entorno a nada más que la propia familia. Las prioridades son los cuidados y el acompañamiento y eso choca sobre manera con lo primero.
Es difícil por supuesto ayudar a nuestras hijas con una manera de aprender/enseñar tan distinta (¡menos mal!) a la que nosotros vivimos. Pero no por que el personal docente esté pasando de todo si no por que nunca nos hemos preocupado de seguir aprendiendo en nuestra vida. Ya “nos colocamos”, ya “encontramos trabajo”, ¿para qué seguir aprendiendo? Cuando nuestros hijos se enfrentaron a procedimientos distintos a los nuestros, ¿para qué íbamos a aprenderlos? ¿Para qué preocuparnos de por qué ahora funciona diferente? Eso ya lo hacen los profesores, ¿no? Pero sin embargo nos íbamos alejando poco a poco de nuestros hijos y creando ese salto generacional que cuando éramos jóvenes tanto criticábamos. 
 
El mundo es lo que pensamos que es, lo que verbalizamos que es. La suma de lo que nosotros aprendimos con lo que aprenden nuestros hijos es un mundo más grande. La división es un mundo más pequeño.
Me centro mucho en el plano educativo por que ayer volvieron las clases a casa y cada día hay más padres y madres indignados, frustrados y pidiendo por favor que dejen a sus hijos salir a dar una vuelta a la calle. 
Pues bien, yo no creo que esto sea un tema de edad. Los niños y niñas nos están dando, por regla general, una lección sobre lo que es la responsabilidad, la paciencia y la conciencia social. 
 
Obviamente no puedo decir que sea lo mismo para criaturas que dispongan de espacio suficiente para vivir dignamente o aquellas que no tengan recursos como pantallas, internet, etc. Es obvio que en esos casos las personas deben poder respirar y salir, aunque sea al portal de su casa a que les dé el sol. 
 
Pero en el caso de las personas que estamos en pisos con espacios diferenciados, con unas ventanas a las que le toca el sol o un pequeño balcón incluso, el tema cambia. 
 
Los niños y niñas estarán los frustrados, tristes y amargados que estén sus padres. Son nuestro espejo. No sirve el “yo ya le digo que”, es absurdo seguir pensando a estas alturas que la infancia aprende con palabras por que la mayor parte de lo que interiorizan lo aprenden con gestos, con hechos. 
 
Si le digo a mi hijo que no puede salir “porque no se puede” pero luego me escucha que “qué absurdo que no me dejen salir a dar un paseo al bosque” ¿qué creéis que entiende esa persona que se fija en vosotros para comprender el mundo? 
 
Los niños y las niñas tienen aun intacta una de las características más importantes del ser humano y que antes el sistema se encarga de destruir: Los niños y niñas confían. 
 
Los niños y niñas son personas limpias, la experiencia todavía no les ha hecho el suficiente daño y, en nuestro mundo privilegiado, nos miran como el ejemplo de lo que es ser adulto. Se fijan en qué y cómo pensamos de las cosas que nos afectan a todos y esa confianza hace que ni se planteen que lo que hacemos está mal o podría ser distinto. Al fin y al cabo, no les hemos enseñado siempre que los niños no tiene voz ni voto, que cuando hablar los mayores se callan y que son “muy buenos” cuando “hacen caso”?
 
(Por cierto, un inciso, frases que se usan en el caso de los depredadores y monstruos maltratadores para abusar de ellos y ellas y que ni pidan ayudan ni puedan darse cuenta de que lo que les pasa no es culpa suya. Frases que nos alienan a todos de pequeños pero que aun más quienes además viven en una cueva de horror. En el confinamiento hay niños y niñas sufriendo sin límites, darles voz, respetarles y sacarlos de la sumisión por un número en su edad es imprescindible. Les va la vida).
 
En ningún caso les permitimos ser libres e incluso cuando lo procuramos el sistema se esfuerza sobre manera en anularlos “eso es que tu madre te ha comido el coco”, “están adoctrinados por sus padres”, “mis padres dicen que eso es una tontería”, “ese color que te gusta no es de niño”, “ese peinado no es de niña” … Una norma. Sólo una. Y pensamos que eso es normal, que son cosas de la edad, como si los niños y niñas llegaran a los 8 años con un código Hammurabi gravado en la sangre sobre verdades de la tribu sin querer pensar como padres, ni un instante, que ese código se lo hemos traspasado nosotros. No cuando hablábamos con ellos, eso muchos padres de hoy en día ya lo han superado e intentan charlar con sus hijos como en una sitcom americana, si no cuando de pronto desaparecen de nuestro centro de atención y criticamos a alguien entre adultos, expresamos opiniones en reuniones de adultos, juzgamos el físico de alguien o nos reímos de la forma de vida de otro. Y nuestros hijos e hijas siguen ahí… lo reciben, lo perciben y lo interiorizan.
“Es que es normal que piensen eso” “Es una fase” “Ya se pasará” y luego los profesores son unos dejados que trabajan poco y no hacen nada. ¿Verdad? Curiosa doble vara de medir usamos cuando estamos hablando de los más importante para todos y todas: la infancia.
Al final, como siempre, el valor a cultivar por parte de los adultos más necesario vuelve a ser el mismo de siempre, sí, para la vida de nuestros hijos e hijas también: LA HUMILDAD. 
Los padres y madres somos individuos libres y por ende responsables de cada decisión que tomamos. Somos la persona que hemos decidido quién somos hoy y del mismo modo quién seremos en el futuro. No lo sabemos todo, de hecho no sabemos casi nada y, por muy alto que sea el cociente intelectual de un padre, también piensa y actúa bajo el yugo de los sesgos cognitivos (es biología) y si no se plantea por qué piensa lo que piensa, por que juzga lo que juzga, por que elige verbalizar lo que verbaliza y SOBRE TODO qué provoca que verbalice (ya sea en casa, con su jefe, con sus hijos o en el Twitter) lo que verbaliza, seguirá siendo un esclavo con un mundo limitado. 
Y no nos equivoquemos, ese es el mundo que dejamos a nuestros hijos. No está fuera. Está dentro. Un mundo sin barreras o un mundo minúsculo donde soy cautivo de mis propios pensamientos.
¿Cómo cambiamos ese mundo? Volvemos arriba y buscamos esa característica que todas las personas traemos de serie: La confianza. 
Los niños y niñas se relacionan con libertad por que deciden confiar. Discuten y lo arreglan en un rato por que deciden confiar. No se les ocurriría (si no lo vieran en los adultos) que el rencor o los prejuicios sean herramientas válidas para usar entre personas. 
Quizás en este confinamiento toca mirar a nuestros hijos en casa y confiar en ellos. Pedirles perdón por haberles transmitido que la situación es injusta o que el agobio es normal y que estar juntos en casa en insoportable. 
Quizás ha llegado el momento de preguntarles qué les haría sentir tranquilos a ellos y recordarles que la paz interior no depende de dónde estoy ni qué tengo si no de quién soy. 
Aprender de cómo sienten y la facilidad con la que una palabra bonita o un abrazo les hace sentir en el paraíso absoluto sin necesitar nada más. 
Quizás ha llegado el momento de hablar sobre el interior. Aburrirnos con ellos y darnos cuenta de que eso que sentimos dentro es lo que sienten ellos y que huir de esas emociones para llevarlo mejor es una mentira que nos conduce a la más absoluta frustración. 
Quizás ha llegado el momento de enfrentar el aburrimiento, la soledad, el silencio, juntos y transformar ese serpenteo que se mueve por nuestro cuerpo en autocontrol.
Quizás ha llegado el momento de darles a la razón, la conciencia, la inteligencia, las emociones… de nuestros hijos, el valor que tienen. Dejar de pensar que se están formando aun como personas por que personas YA SON y lo de aprender va por otro lado. 
Quizás ha llegado el momento de madurar como adultos para dejar de reflejar nuestra inmadurez en el espejo de los más pequeños para sentirnos superiores.
Quizás ha llegado el momento de elegir qué pensamos, qué hacemos, qué transmitimos y qué verbalizamos y comenzar a pensar más allá de mi verdad absoluta.
Estamos de acuerdo que una persona sin educación es una persona pobre en lo mental y emocional. Absolutamente de acuerdo. 
Pero una persona con educación no tiene por que ser una persona con un título. 
Una persona educada tiene un millón de salidas para cada problema y no se limita a una sola verdad. 
Una persona educada piensa sintiendo y siente pensando. 
Una persona educada sabe que es un ser humano y forma parte de una comunidad mucho más grande que ella misma.
Una persona educada sabe que depende de los demás para sobrevivir y que también ella influye en la vida de ellos.
Una persona educada sabe que tiene que aprender mucho aún.
Y podríamos seguir, sólo que no me hace falta para daros la conclusión final:
Un título no te convierte en persona educada sin embargo todos los niños y niñas lo son. Por que son personas completas, plenas con todo por aprender y todo por enseñar. 
En lugar de cargarlos con la obsesión de que salgan de casa, al menos en los casos de criaturas que están en casas seguras con conexiones al exterior, preguntémonos si realmente queremos seguir viviendo a los niños niñas como un problema en lugar de ponerlos en frente nuestro y valorarlos como el mayor tesoro que se nos puede ofrecer. Son todo lo que, si pudiéramos elegir, seríamos nosotros. ¿No es curioso?
 
El problema del confinamiento de nuestros hijos e hijas somos los padres. En los casos en que el sistema no nos deje alternativa ¿cómo vas a cambiar el mundo para que tus hijos vuelvan a ser el centro y no lo sea tu trabajo? 
Piensa sin odio y sin rencor. 
Reflexiona con información y no con opiniones.
Ten cuidado con cada palabra que dices por que es un ladrillo que construye el mundo.
Confía.
Es lo más difícil y a la vez lo único que puede hacer que todo cambie. 
Contra el miedo al sistema confianza entre nosotras y nosotros. 
Como hacen nuestros niños y niñas. 
Los mejores maestros del mundo que el destino nos ha permitido tener a nuestro lado un mes completo sin distracciones, sin prisas, sin salida, para que podamos por fin descubrir nuestras carencias en sus riquezas.
No se lo hagamos más difícil. Cambia como te sientes tú cambiando lo que piensas y ellos y ellas serán más felices (y podrán estar más cerca de ti)
 
 
Míriam Pasalodos Vaya
Rcr19