COVID19 - 10 de mayo de 2020 - ¿POR QUÉ SEGUIMOS ENTRENANDO EN EL RODILLO?

10.05.2020 21:46

No vivimos en unas circunstancias estables ni inalterables. Pero esto no es nuevo.

El COVID19 nos ha enseñado por las malas que nuestras dinámicas como grupo y nuestra forma de vida la hemos elegido nosotras y que nada ni nadie nos obliga.

Lo que antes requería meses o años para que un individuo se plantease hacer algo diferente con su tiempo (lo único realmente valioso que tenemos), o incluso cuando esa reflexión sólo se daba tras una hecatombe vital o alguna situación traumática, hoy nos ha tocado hacerlo todos a la vez y en minutos.

Y no sólo eso, la dificultad es doble ya que entre los datos que tenemos lo que ayer valía hoy no vale y la información de la que dependemos como grupo al depender nuestras vidas de un ente extraordinariamente complejo: Un virus, nos pone en un brete aún más aterrador por imprevisible.

En “Ciencia Canaria” tenéis un artículo interesantísimo sobre qué es y que debates suscitan los virus. Y es que hablamos mucho del coronavirus (una familia de virus diferentes) o del Covid 19 un tipo concreto de virus que nos está matando en pleno siglo XXI.

Sin embargo creemos firmemente que como ciudadanos (en su inmensa mayoría) sin formación para llegar a comprender todo ese detalle (y encima rodeados de opinadores expertos en todo y especialistas en nada que no hacen más que enardecer el diálogo entre semejantes para imposibilitarlo y mantenernos enfrentados) deberíamos intentar comenzar por el principio.

Volvemos al artículo mencionado y vemos que:

“Los virus, en concreto, son una de las unidades funcionales más pequeñas que existen. Son moléculas extremadamente complejas capaces de realizar dos de las funciones atribuidas a los seres vivos: relacionarse y reproducirse. Pero no de manera autónoma, algo que también dificulta el debate. Los virus necesitan de la maquinaria celular para poder copiarse. (…)

Con esta, comienzan a copiar su material genético, el cual permite crear más envolturas y reproducir, así, más virus. El resultado es que la célula muere reventada por la invasión y el secuestro de sus herramientas celulares. Los virus salen al exterior, entonces, y el ciclo vuelve a comenzar en otra célula. (…)

En realidad, los virus solo vagan por el medio. Una vez que se ponen en contacto con la célula, su configuración molecular hace el resto”

Primer error de concepto: Matar el virus parece imposible. A día de hoy no se puede siquiera asegurar si son seres vivos o muertos. Lo que sí sabemos es que se multiplican aprovechándose de otras células y posteriormente vuelven a fluir por el medio.
¿Muy general? Claro. Es que hay prácticamente infinitas posibilidades en lo que a virus se refiere.

Es muy importante comprender esto para poder entender que el primer punto para enfrentarse a lo que estamos viviendo (y no nos quepa duda volveremos a vivir unas generaciones más allá, sólo hay que repasar nuestra historia) es que no existen verdades absolutas. Antes al contrario, tenemos la información que tenemos y eso nos hace darnos cuenta de que nos falta muchísima por conocer. Sabemos lo que sabemos de un virus “x” pero cuando llega uno nuevo, siendo que la lógica indica que nos enfrentemos a él como vendríamos haciendo con otros anteriores, hemos de ser muy conscientes que podemos usar nuestras herramientas de un modo u otro, incluso que puede que ninguna de nuestras herramientas sirva y haya que empezar desde cero.

Como seres humanos criados en este mundo líquido donde nada vale más allá de la siguiente foto de Instagram (en el mundo rico) o de la siguiente comida (en el mundo pobre) parece que al menos necesitamos sentirnos seguros en lo que se refiere a que estamos vivos y que eso va a seguir siendo así.

Necesitamos pensar que siempre habrá tiempo en el futuro. Y si no, al menos, necesitamos saber que el suelo que pisamos es sólido. Pero ese suelo ni ha sido ni será nunca sólido. Hoy un virus nos afecta a todos, pero antes de que llegara, muchas familias debían luchar, por ejemplo, con la idea de por qué el azar destrozó su estabilidad con una enfermedad rara de sus hijos. Antes de que llegara el covid19 enfermedades como el cáncer acababan a diario con nosotros en números estratosféricos. Otros virus como el ébola mataba a nuestros vecinos más lejanos, o como el dengue se habían convertido en un huésped en nuestra propia casa del que no habíamos, la mayoría percibido su existencia.

Hoy esas enfermedades siguen matando.

Tenemos pues una dicotomía curiosa, por un lado luchar en la medida de lo posible por sentirnos seguros y afianzar nuestra confianza en que nuestra vida tiene sentido y es valiosa, por otro no querer mirar a los ojos de aquello que pone en peligro esa seguridad y huir entre eslóganes de unos u otros para que no dejemos nunca de correr.

¿Sabéis? Hemos clamado desde el día uno en que se propuso el confinamiento en nuestro territorio con la necesidad de correr (en bici o a pie), hemos clamado, chillado, protestado para conseguirlo. Y sin embargo, no nos hemos dado cuenta de que no habíamos parado. No hemos dejado de correr. No hemos dejado de huir.

Como siempre os veníamos diciendo antes de todo esto, si algo nos caracteriza a los humanos privilegiados de por aquí es nuestra soberbia. Del mismo modo que Torquemada se acogía a un libro para declararse Dios y sabedor de todo lo “sabible” y con ello atarnos a un presente infinito e imposible, hoy, los herederos de aquella sociedad de tribunales y bandos, de ellos y nosotros, seguimos creyendo que el mísero pellizco de erudición que hemos podido rascar en esta sociedad demasiado cansada para aprender nada, nos da derecho a juzgar. Y lo peor, a condenar a los demás en función de ese juicio.

No sabemos prácticamente nada y es, de hecho, a día de hoy, como especie, con nuestra anatomía y nuestras capacidades cognitivas es imposible que pudiéramos saber todo lo necesario para cuidarnos y protegernos los unos a los otros, subsistir, avanzar, progresar…

Ya Aristóteles decía que el Hombre es un ser social y la historia de la antropología nos ha ido mostrando cada vez más como es esa capacidad humana: LA COLABORACIÓN, la clave de nuestra supervivencia. No fue sólo nuestra adaptación individual la que subsistió a las trampas naturales con azarosos cambios genéticos como Darwin demostró hace siglos, fue nuestra capacidad de entre todos, unidos, lograr los cambios sociales que nos permitían adaptarnos fuésemos como fuésemos de insignificantes. Que lo somos un rato.

Hoy tenemos pues a un montón de personas que creen saberlo todo sobre un tema del que nada puede saberse (por ahora) y que además cree que su vida y su existencia tienen valor por si misma y sus creencias e ideas individuales tienen prioridad antes las colectivas, ante aquellas que hacemos juntos para sobrevivir como grupo.

Es todo tan contradictorio que me cuesta escribirlo:

No sé nada del virus pero sé todo de cómo manejarlo

No puedo sobrevivir solo pero los demás que se busquen la vida.

No sé que está pasando ni que va a pasar pero sé exactamente que tenemos que hacer en este momento.

No quiero escuchar más personas que las que piensan como yo pero no comprendo que nadie quiera escucharme…

¡Es tan sorprendente como una situación totalmente nueva no trae nada nuevo!

No sé si hasta ahora, con lo leído podéis haceros una idea de por que el sábado hicimos la Purito 3.5 en el rodillo cuando ya había franjas para salir fuera a entrenar.

Si no es así vamos a intentar, aplicando todo lo anterior, concretar el por qué el sábado pasado viajamos a Andorra desde la Terraza del mismo modo que el próximo sábado bajaremos la Collada de Toses haciendo series mientras charlamos por IG:

Al entender que no hay verdades absolutas y que cada persona tiene una minúscula pieza del puzzle del conocimiento que necesitamos para progresar como especie y salir reforzados de cada crisis no hemos pretendido nunca saber más que aquellos que tienen más formación que nosotros.

No esperamos a una norma específica (recordareis los debates en redes) para confinarnos en deportivo (y en lo personal) por que no nos avergüenza decir que no sabemos qué está pasando.

Hemos visto suficiente televisión y leído suficiente Twitter como para saber que esa información no va llegar a nosotros sin pasar por los filtros envenenados de las ideologías económicas, de organización social (religiosas, familiares, culturales…)

Hay suficiente información sobre geopolítica a nuestro alcance como para saber que nunca vamos a saber lo necesario para salvar vidas de la masa del pueblo llano de los países por que no fue y no es la prioridad.

Pero sí llega mucha información y sí podemos aprender a cribarla y el primer paso es percibir nuestros sesgos y no escuchar esperando oír lo que quiero para escuchar lo que suena detrás del ruido.

No puedo escuchar sólo pensando en buscar el punto flaco del otro para destruirlo por que de tener dos argumentos que podrían sumar, complementarse y enriquecerse, nos quedamos con uno sólo, el nuestro, cada vez más inmóvil, petrificado y más absorto en mi propia soberbia individual y excluyente.

Así comprendo, aunque no me guste y no entienda los por qué (por eso tan humano de buscar la justicia (concepto humano) en la biología, la física, la química (concepto natural)), que todos quienes nos enfrentamos a esto, políticos, científicos, niños, padres, abuelos, trabajadores, jefes, sanitarios, policías, basureros, cajeros… somos humanos y por lo tanto limitados.

También comprendo la necesidad de expresar el dolor, la esperanza, la rabia, la ilusión, etc. Pues son las emociones otra de esas cosas que nos hacen humanos y nos permiten aprender de nosotros y del mundo que nos rodea.

No quiero comprender, aunque lo haga, la necesidad de poner nuestra razón y nuestras emociones al servicio de guerras ideológicas en lugar de ponerlas en pos de la característica humana antes mencionada, la colaboración, única que puede salvar muchas y muchas vidas, principalmente por que la primera alarga la guerra, la segunda acorta el camino hacia la paz.

No puedo poner lo que yo sé, supongo o he oído en mi medio de confianza por delante de la necesidad de los demás que es la mía propia. Si tengo derecho a estar seguro, en cualquier campo de mi vida, a realizarme y a ser feliz, los demás exactamente igual. Es puro egoísmo. Nos necesitamos. Todos los mundos que hemos creado y el que creemos han sido la suma de todos nosotros 1+1 aunque negarlo nos haga dormir con mejor conciencia (y envueltos en hipocresía).

Llegados pues a este punto, dos meses después del confinamiento, con muchos muertos en nuestras manos y muchas personas salvadas también, seguimos sin tener derecho a ser jueces de nadie, mucho menos si pedimos a esos alguien (sean del país que sean, con el color de piel que tengan o su sexo, edad…) que sean infalibles, sabios e inequívocamente eficaces cuando yo no me exijo lo mismo a mí mismo.

No, hace dos meses no teníamos ni idea de lo que había, ya habrá tiempo de discernir en que porcentaje se nos ocultó y quienes y en qué porcentaje no era imprevisible esta tragedia. El caso es que no lo sabíamos.

Hemos ido haciendo lo que hemos ido pudiendo hacer unos y otros. Muchos priorizando no perder dinero puesto que, aunque no nos demos cuenta, el no valorar a nadie más que a uno mismo (esa frase tan nuestra de “todo el mundo menos yo es gilipollas”) conlleva que en nuestro inconsciente creamos que para los demás tampoco valemos nada.

Hemos ido ajustándonos más o menos, unos días con más ganas y otros con menos. Hemos creado iniciativas para mantener a la gente entretenida, desde el vecino dj al twittero de chistes absurdos que nos alegraban ese minuto de aburrimiento. Hemos odiado. Mucho. Hemos vertido palabras e ideas en el mundo digital con la esperanza que llegasen a quienes teníamos en la diana. Queríamos hacer daño por que estábamos sufriendo. Al fin y al cabo es proceso de individualización, de delegar nuestra responsabilidad en el otro, de menos preciar la razón y desconocer nuestras emociones, nos ha dejado en lo más básico, en lo que fuimos en lo alto de aquel árbol: somos sólo un animal, cuando duele mordemos.

A los privilegiados nos han criado en el capricho, en quererlo todo y quererlo ya, en que lo que importa es lo que tengo o lo que parezco pero nunca lo que soy. Supongo que era normal que cuando propusimos quedarnos en casa, es decir no tener, no parecer, no presumir, no exhibir sólo ser en casa para proteger y protegernos, la resistencia fuera tremenda.

Y lo peor es que, como seres criados en la idea del mártir redentor y el valor del sacrificio por encima de universalizar valores como dignidad, salud, seguridad, ese confinamiento se ha vivido como un gran yugo sobre nuestros hombros que pronto se rompería.

Y hace una semana se rompió. Y nos dejaron salir. Como a los niños. Nos dieron un capricho por que juntamos los “gomets” en la cartulina de los buenos chicos. Con una diferencia, los niños son mentes flexibles, dinámicas y que saben, por que no nos cansamos de decirles lo ignorantes que son, lo mucho que tienen por aprender y lo inmaduros que son, que ellos deben oír para lograr el bien común que es el suyo. Nosotros, los adultos, con títulos en la pared o móviles que no dejan de sonar a veces por IG, otras por WhatsApp, no somos capaces ni de eso.

Nos dejaron salir.

Ahora podíamos decidir.

Pero… ¿y si no sabemos? ¿Y si cuando llega una situación como esta resulta que lo único que hacemos de forma absolutamente individual (por qué no hay otra aun), que es pensar, reflexionar, recapacitar… NO SABEMOS HACERLO?

¿Y si hemos delegado eso para vivir en paz sin darnos cuenta de que era lo único que nos hacía libres? Ya fuera encima de una bicicleta o no, sentados o no, en casa o no.

Esta experiencia hace tambalear todos los cimientos en que basamos nuestras vidas, creencias, ideología, economía…

Esta experiencia nos pone frente a una imagen que nunca habíamos querido ver. De pronto, una bola con puntas minúscula, llama a nuestra puerta y al entregarnos un sobre nos dice:

  • Aquí lo tienes. EL dueño de tu mente, el responsable de cómo te sientes, el que construye el mundo en el que vives, al único que obedeces siempre. El que te pone los límites, el que sueña por ti y el que decide cuantos píxeles de la imagen de tu mundo quieres ver, uno o un millón.

Y abres el sobre y la foto es de la última persona que querías que fuese: DE TI.

La Bola con pinchos lleva sacas y sacas de sobres con fotos. Antes de abrir tu sobre pensabas que eran todas del mismo tipo. Ahora sabes que cada destinatario lleva una imagen distinta en su interior. Y no por ello lo que te ha dicho el mensajero deja de ser verdad.

Nos dejan salir.

Ahora podemos decidir.

¿Qué creemos que es mejor?

¿Qué creemos que es mejor? No significa ¿qué me merezco? ¿qué quiero? ¿Qué me apetece?

¡AY las palabras! Las armas más poderosas que jamás hemos creado. Otra de esas verdades que seguimos sin querer asumir… en fin….

“¿Qué creemos que es mejor?” Significa

¿Qué sé? ¿Qué me dicen los hechos objetivos? ¿Cómo ejerzo mi parte poder en repartir los derechos entre todos? Etc. (Cambia la cosa, ¿eh?)

Nosotros hicimos ese ejercicio y nos contestamos lo que sigue:

  • No sé prácticamente nada. Y parece que no soy el único. Esto va demasiado rápido para que los humanos y nuestros procesos científicos lleguen a conclusiones o soluciones antes de que siga segando vidas por doquier como si un número de muertes no fuese en realidad una lista de nombres.
  • Sé que la higiene es importante y que lo único que parece haber frenado un poco el infierno ha sido la distancia entre humanos.
  • Sé que hay muchísimas personas a la vez en el planeta luchando por encontrar la forma de superar esta crisis y que juntos somos más y mejores porque cada persona de este mundo es un ítem que suma.
  • Sé que muchas personas no pueden elegir como vivir el presente por que durante toda su vida delegaron el poder en manos de otros y ahora son esclavos del tirano más depravado (el dinero) (Tirano que no existe por cierto, pero ese es otro debate).
  • Sé que es en el tiempo que nos hemos dado para ser libres dónde puedo elegir que creo que es mejor para mí y para todos por que si algo ha demostrado este virus es que los seres humanos sólo somos eso, seres humanos, todos absolutamente iguales, nacemos y morimos. Todo el resto de diferencias son sólo accesorios que nos ponen para distraernos de esa idea.
  • Sé que en algún momento esto pasará, no sé a cuanta gente se llevará por delante, ni siquiera si yo seré uno de ellos, pero sé que pasará por que la historia me lo muestra.
  • Sé que en ese futuro habrá personas que de lo que hayan podido hacer durante el confinamiento, dependerá su bienestar futuro.
  • Sé que me gusta más el deporte que nada en el mundo y quiero que su práctica sea segura lo antes posible.

 

¿Qué hago pues con mi responsabilidad individual, cómo elijo?

Mi responsabilidad principal conmigo es acabar saliendo de este laberinto a un mundo donde valga la pena estar.

Mi responsabilidad es, por empatía, comprender la inquietud y necesidad de muchas personas que aman y se apasionan con el deporte como yo.

Mi responsabilidad es poner mis recursos, sin condiciones, abierto a todo el mundo, al alcance de todos para poder disfrutar de él al máximo.

Mi responsabilidad es transmitir que por mis experiencias vitales, pensar que las cosas sólo pueden hacerse de un modo es ponernos límites que no existen y compartir con los demás todas las otras maneras en que podemos disfrutar.

Mi responsabilidad es adaptar rutas todos los sábados y que ahora, que la puerta del piso se abre, puedas tener a mi lado una alternativa que te lleve mentalmente lejos, que te suponga ese esfuerzo, ese reto esas sensaciones de vida que el deporte exigente nos aporta, aunque nunca antes, jamás me hubiese propuesto estar en un rodillo tantas horas. Ni siquiera un par de semanas antes.

Mi responsabilidad es ser consecuente con lo que digo y hago y aun así ser flexible, revisarme y repensarme y rediseñarme por que el mundo cambia cada segundo, las circunstancias también y nada puedo hacer yo. Salvo cambiarme a mi mismo.

Mi responsabilidad es mostrar que volar por la naturaleza (ya sea sobre unas bambas, sobre una bicicleta o como cada cual quiera) es maravilloso por que nos aporta una perspectiva a extra de nuestra existencia pero que esa extraña sensación de libertad que anhelamos y creemos que ese deporte nos da es sólo un espejismo pues la libertad está siempre dentro y hay personas que consideramos limitadas (por movilidad, por enfermedad) un billón de veces más libres que nosotros mientras nos hacemos el selfie en lo alto de un puerto.

Mi responsabilidad es entender el miedo que enfrentar tantas ideas diferentes genera y no juzgar a quien hace las cosas de tal o cual manera pero también intentar transmitir argumentos para que entre todos podemos elegir la suma de los más adecuados para todos.

Mi responsabilidad es entender que el deporte también es un oficio y que van primero quienes lo necesitan para vivir, y no hablo sólo de los profesionales de grandes nóminas, hablo sobre todo de los profesionales de nóminas injustamente irrisorias, de las mujeres deportistas, de todo el colectivo de deporte adaptado, etc.

Mi responsabilidad es entender que la edad, si bien como ya hemos explicado sobradamente arriba, no me aporta necesariamente sabiduría, si me aporta un bagaje de herramientas con las que sobrellevar mejor cualquier situación si la afronto de forma madura. Por lo tanto esas carreteras, senderos o caminos deben quedar para quienes empiezan en la vida a construir su propio camino, la juventud.

Mi responsabilidad es comprender que no se trata de tener más camino ni más horas. Se trata de con qué cara me miro al espejo por las noches cuando me he pasado el día gritando y chillando a todo el mundo que hay que abrir municipios y ampliar horarios para que las cosas sean sólo como yo quiera (habiendo, repito, como hay, alternativas) y esta noche he pasado un rato de la cena asqueroso por que mis hijos no querían las espinacas que necesitan, por sanas, por que equilibran su dieta, por que son lo mejor para ellos y querían macarrones. Y se han comido sólo dos cucharadas de espinacas y se han ido a la cama pero deben aprender que no pueden comerse sólo macarrones y que además, hay mil formas de tomar verduras y seguro que con buena actitud aprender a disfrutar de todas ellas. Eso sí, a los ciclistas (runners, etc.) macarrones siempre por favor.

 

Mi responsabilidad es ser responsable. No es juzgar. No es condenar o salvar. No es opinar. No es decidir. Ser responsable no es nada de eso y lo es todo a la vez.

 

Por eso la semana pasada podíamos salir, pero no creemos estar en lo alto del grupo de personas que prioritariamente tienen derecho, bajo nuestro código ético, de salir. Por eso no salimos y nos fuimos a Andorra.

Por eso, si las cosas empiezan a calmarse, quizás algún día en las franjas más despobladas y los caminos más desiertos salgamos a dar una vuelta y el sábado, cuando quienes no tienen nuestro privilegio de hacerlo entre semana, quieran salir, tendrán nuestro hueco libre por que nosotros estaremos subiendo a nuestra bici, en nuestro rodillo rojo y baja nuestra sombrilla azul camino de Ribes de Freser dando caña a las series más increíbles en la collada de Toses y con una corno a cuchillo camino de Ripoll.

 

Eres absolutamente libre de hacer lo que creas que es mejor. Sólo queremos decirte qué creemos nosotros, por qué y sobre todo, que no tenemos todas las respuestas, por que nadie las tiene ni las tendrá nunca.

No queremos que nos sientas paternalistas o aleccionadores. Queremos abrirnos y compartir y que tú también te abras y compartas. Así creceremos juntos que, como seres humanos es la única forma en que podemos crecer. Somos una especie que ha sobrevivido por que colabora. No lo olvides.

 

ARTÍCULO CITADO: https://www.cienciacanaria.es/secciones/a-fondo/1096-los-virus-son-seres-vivos