COMER BIEN

26.03.2020 18:20

Hoy vamos a hablar de una idea que debemos replantearnos también una vez salgamos del confinamiento en el que tod@s estamos por el Covid 19:

COMER BIEN

Os parecerá sencillo pero parafraseando a Leo Harlem “no tenéis ni idea”.

Vamos a empezar por contextualizar este artículo:

Escribimos desde Terrassa, el 26 de marzo de 2020. Somos personas de clase media con un balance mensual a cero y las deudas propias de nuestro sistema capitalista europeo más las del trabajador autónomo tipo bajo el sistema español y con las complicaciones añadidas de convivir con unas patologías mentales.

Es decir: SOMOS PERSONAS MUY PRIVILEGIADAS (en lo que al mundo global se refiere aunque sea innegable lo patético del sistema de consumo exacerbado que nos ha arrastrado a todos por el suelo)

Así pues, ¿qué es comer bien para nosotros en nuestro mundo?

Comer bien es comer de todo, con todos los nutrientes necesarios (en caso de ser veganos complementando con sintéticos químicos la vitamina B12 y otras carencias que puntualmente puedan aparecer), pudiendo cuidarnos emocional y físicamente también a través de la gastronomía.

Hasta aquí parece  fácil, ¿Verdad?

Pero de pronto nos encontramos que salimos a la calle y el muestrario de tiendas y supermercados con cientos de versiones de un mismo alimento complican sobre manera la tarea.

De pronto hoy palabras como BIO, Natural, ECO, etc... que se nos venden como productos mucho más “sanos” que los demás y encontramos siempre en esta red de infinita información (la mayor parte de las veces interesada o sesgada) documentos que nos hagan comulgar de buen grado con la idea que más se adecua a nuestra concepción de la vida.

Este sesgo que hacemos todos y todas y que es un mecanismo biológico que nos sirve para no colapsar ante el volumen de información diaria recibida permitiéndonos un juicio rápido que etiquete las cosas de forma que mi cognición pueda quedarse de forma sencilla con las que más se ajustan a mi propia forma de entender o de vivir el mundo, hace que el necesario mecanismo del pensamiento crítico y de la reflexión pausada quede siempre relegada.

En este momento en que muchísimas personas disponemos de más tiempo ha llegado un momento perfecto para preguntarnos ¿por qué creemos a pies juntillas que es normal que en tiendas especializadas compremos una harina a un precio que cuatriplica el de una gran superficie o que una cadena nos ofrezca dentro de su propio catálogo el mismo producto con una diferencia de precio que puede llegar a variar un 500% sólo según la etiqueta?

No vamos a pretender dar lecciones en un artículo que debiera sostenerse en la ciencia habida cuenta que no somos científicos si bien podemos recomendar que las lecturas que hagamos a la hora de decidir las compras que hacemos o cocinar o comer determinados productos sean diversas y salgan a veces de nuestra zona de confort para no perder la perspectiva.

Es en este sentido y bajo nuestro punto de vista que nos toca recomendar buscar qué químicos se permiten en la agricultura ecológica, qué significa la palabra bio, qué es lo negativo de algunos aditivos, etc…

Obviamente hay aditivos que son perjudiciales para la salud y es gracias a vivir donde vivimos y a disponer de unos sistemas extremadamente seguros de cultivo y reparto que podemos estar seguros y seguras de que si comemos producto de proximidad, independientemente de su etiqueta o precio, de si está o no de moda, estaremos absolutamente a salvo.

¿Esto es 100% seguro? Obviamente siempre todo va a tener un riesgo en el mundo del dinero. Supongo que habernos ocnvertido en una esopecie que puede comprar todo, la credibillidad, la dignidad, la integridad de una persona hace que dudemos muy mucho de que el sistema no haga lo mismo y se venda en pos del beneficio económico. 

Aun así es mucho mayor el riesgo en tomar productos de mercados exteriores cuyas normativas internas son mucho más laxas (por decirlo con delicadeza) que tomarnos ese mismo producto de los campos cercanos. Y mucho más seguro un campo supervisado y que se acoja a una normas de un departamento de salud que el que no lo  hace.

De nuevo el coste para nuestra cesta es lo que nos hace ponernos en riesgo. No es una etiqueta, un químico (sin riesgo) o un sistema de cultivo innovador el que encarece el precio de un producto saludable. Son los costes de supervisión, legislación y aplicación de ésta, de distribución y demás lo que conduce a que un producto tenga un precio justo (de justica, no de volumen).

Dicho lo cual, si algo debemos pues priorizar en nuestro sistema de alimentación es:

1.- Mayor posibilidad de I+D que permita alcanzar un objetivo óptimo de producción de alimentos para todo el globo de forma sostenible y respetando el mediambiente.

2.- Una legislación fuerte con respecto al cuidado en el proceso anterior y en su aplicación para reducir a 0 el riesgo para la salud de cualquier persona.

3.- Impedir la explotación/esclavitud de los y las trabajadoras del sector alimentario, particularmente en primera instancia: el campo, y para ello potenciar la supervisión y aplicación de la ley a quienes se enriquezcan sobre la sumisión de tantos y tantas.

Esto sí sería comer bien en la medida que todas las personas dispondríamos de una cantidad adecuada de comida y de pronto la alimentación se tornaría un valor social sacándola del mercado de valores. Mercado de valores que se asienta y gira sólo y exclusivamente en primera instancia en la especulación con los productos alimentarios de primera necesidad. Pensadlo, ¿no es la comida el único producto que siempre va a tener demanda? Cuándo leéis prima de riesgo, subida del Ibex, bajada de la bolsa de nueva york… Además de tener miedo atroz, ¿tenemos la más ligera idea de lo que estamos hablando? Repito Pensadlo (la info la tenéis al alcance en vuestro móvil).

Así pues, si sacamos la alimentación del mercado y de pronto priorizamos utilizar la ciencia para optimizar la producción sin permitirnos por ello dañar el medio ambiente o la salud de las personas de ninguna manera ¿Qué sería comer sano?

Hagámosnos preguntas e intentemos respondérnoslas con la verdad:

Si realmente un pesticida del campo es tóxico y contaminante y se prohíbe en cualquier caso ¿Existirían las etiquetas eco o bio?

Si realmente es cierto que la mayor parte del mercado de alimentos que consumimos en este país pone en riesgo nuestra salud, ¿estamos permitiendo que envenen a quienes no pueden  comprar en tiendas especializadas o marcas determinadas con nuestros votos en las elecciones?

Si de verdad la deforestación nos parece un problema…

1.- siendo la mayor parte del cultivo destinado a la alimentación de la ganadería ¿por qué seguimos comiendo animales?

2.- si tenemos la posibilidad de utilizar semillas “dopadas” y sanas que se ha constatado en países privilegiados que optimizan espacios y cosechas ¿Por qué nos abrazamos al uso exclusivo de semillas “naturales”? (sabiendo que hoy por hoy semillas naturales no hay, prácticamente todas las destinadas a la “producción mayorista” son fruto de la intervención de la técnica humana de un modo u otro).  

Podríamos seguir haciéndonos preguntas pero si no intentamos luego responderlas no llegaremos a parte alguna.  

Repetimos que cualquiera que vaya a ser nuestra reflexión debe partir del contexto en que vivimos.

No podemos plantear como solución que todas las personas coman lo que cultiven por que en el primer mundo la gente vive en colmenas sin espacio para ello.

No podemos plantear que las personas sólo compren en lugares que creamos que tienen una ética intachable por que la ética también la pusimos a la venta en esta gran superficie que es el capitalismo y la mayor parte de las personas no se pueden permitir esa compra.

Pero podemos intentar ir a la raíz del problema y descubrir cómo puede ser que existan empresas químicas que desarrollen semillas y los productos necesarios para su cultivo que las vendan al tercer mundo a precios totalmente estratosféricos con contratos que les obligan a la compra de todo durante años y que necesitan como abal las tierras de esas familias campesinas.

A la primera cosecha, la segunda con suerte, la deuda es tan grande que aquel fertilizante imprescindible para la semilla milagro ya no puede comprarse y la cosecha perece y la tierra se pierde y miles de campos en África y Asia tienen a sus dueños ahorcados de un árbol por la desesperación.

La organización mundial es más compleja de lo que parece, ¿me estoy yendo del tema? NO. Lo único imprescindible para la vida es comer. Retomo, la organización mundial es mucho más compleja de lo que parece, los países ricos conquistaron a la otra mitad, le expoliaron sus recursos, les robaron la libertad y les hicieron firmar a cambio de su independencia el sometimiento eterno al poder de los mercados, particularmente el todo poderoso, por aquel entonces, EUA.

Esos países con regímenes débiles sustentados en el soborno del rico de turno con complejo imperialista, no tuvieron la capacidad de sobre ponerse al expolio y al trauma de una esclavitud sostenida en el tiempo que se hereda en el imaginario colectivo. Ergo, esos países no pudieron durante demasiados años avanzar en el campo de la investigación y el desarrollo incluso habiendo tenido en sus filas a mujeres como Wangari Mathai o Malala.  O quizás justamente por que son mujeres.

Esos países tienen prohibido el intervencionismo en sus propias tierras amenzados como están con las consecuencias de faltar a sus deudas para con nosotros. Deudas eternas.

Esos países aunque dieran con la fórmula del último arroz de Monsanto no podrían cultivarlo por que las patentes son de 10 años. ¡10 años! Un producto de primera necesidad.
Y ahí radica el problema, un producto.

La alimentación no es un producto. Es un derecho. En ella radica la salud pública, el desarrollo de nuestra civilización (la del globo que ya no hay otra como el coronavirus nos ha venido a explicar) y debería por tanto llegar a todo el mundo de forma equitativa.    

Y aquí volvemos al principio: NO hay recursos naturales en el planeta para poder alimentar a todas las personas que lo habitamos.

Pero sí hay formulaciones químicas, productos sintéticos, etc. Que pueden ayudar a resolver este problema si dejamos de pensar en que la comida sana es sólo una y que se parece extraordinariamente a la idea romántica de aquel plato de la abuela.

Pongamos un ejemplo simple, dos lechugas, una comprada a un euro con veinticinco céntimos en un supermercado de cadena, otra me la como del huerto de un vecino. La Grípia Terrassa 2020.

En el primer ejemplo la lechuga me la como yo, y treinta familias más.

En el segundo la lechuga nos la comemos mi vecino y yo.

En el primer caso tengo la seguridad de que el producto no va a ser causante de problema de salud (hay sellos de seguridad y además el riesgo sería extremo para los intereses de la empresa y del gobierno)

En el segundo caso no puedo tener esa seguridad. Máxime cuando el huerto está sospechosamente cerca de un a hípica cuyos residuos se filtran al suelo junto a una carretera de gran afluencia de tráfico a alta velocidad con la contaminación del aire propia de ello.

Puede estar más buena la segunda, es muy posible, pero no alimenta al mundo. Me alimenta a mí. Y en lo que a salud se refiere ninguna persona experta con formación contrastada y experiencia en el mundo de la ciencia puede asegurarme que mi vecino no se haya liado con los fertilizantes usados o el compost. (Todos ellos ecos y bios pero fertilizantes que se sintetizan químicamente como es normal)

Para mí la clave es que hoy todos y todas tenemos derecho a comer y comida hay de sobras. Simplemente hay que quietarle las etiquetas que hacen que nuestras aracenas nos distingan en un grupo social o en otro.

La alimentación, como la sanidad, son claves para la salud y ésta para la felicidad. Debieran ser pues los estados y la organización de éstos los que legislasen en pos de creaciones universales y liberadas, en pos de una ciencia fuerte, libre y que no se someta a intereses del mercado, en pos de la protección de cada uno de los eslavones de la cadena alimentaria:

El científico que se invente la semilla de fresas más eficiente, el agricultor que gestione ese campo, las personas que recolecten, los transportistas que distribuyan, las trabajadoras de las tiendas que las suministren…

Todos ellos deben estar debidamente PROTEGIDOS ergo: con leyes justas, con sueldos dignos, con un valor social equitativo, etc.

Comer bien no es agarrarse a una moda u otra, a una influencer u otra.

Comer bien es comer sabiendo que lo que como es de cercanía (por ejemplo del país), que el producto está siendo supervisado y gestionado responsablemente desde la administración, que a mi elección hace que toda mi familia esté correctamente nutrida y, también, todas las demás familias de mi sociedad.

Comer bien hoy en nuestra sociedad es no olvidarnos de lo importante al opinar y al votar y recordar que las personas, la vida y la salud están por encima de cualquier interés económico o capricho que el mercado nos haya puesto delante.

Comer bien es hacer de la comida una herramienta de felicidad al alcance todo el mundo.

Comer bien es vivir.

Y la vida es un derecho universal que está en nuestra mano.

De nuevo, como siempre os decimos, la responsabilidad individual es inexorable y nuestras decisiones deciden el mundo de tod@s.

¿Qué pienso? ¿Por qué lo pienso? ¿Qué otras alternativas hay?

Y luego hacer. Todos y todas podemos hacer. Desde lo que decimos a lo que escribimos, todo cambia el mundo por que introduce información en la red que somos tod@as.

Ergo toca madurar. Toca responsabilizarse.

Prepara cada día la comida para todos y todas, para tu familia, para tus vecinos y vecinas, para las personas de otros países y para ti.

Seguro que ahí, comenzamos a ver la alimentación de otra manera.